La tradición de la ópera rock en México ha tenido una historia muy particular porque nació desde la contracultura y la necesidad de mezclar narrativa teatral con música pesada, progresiva o sinfónica. En el contexto mexicano cuando empezó a surgir esta tendencia, el rock venía además de décadas de censura y marginalidad después del Festival de Avándaro, lo que hizo que muchas expresiones rockeras buscaran espacios alternativos, teatrales y universitarios.
Uno de los momentos más importantes fue la aparición de Cristal y Acero, banda considerada pionera de la ópera rock mexicana. Su participación en Kumán, producida por Julissa en los años 80, suele mencionarse como la primera gran ópera rock original producida en México. La banda mezclaba hard rock, metal y teatralidad escénica, algo poco común en el país en ese momento. Después vinieron montajes mexicanos de clásicos internacionales como Jesucristo Superestrella, que tuvo distintas adaptaciones y ayudó a consolidar la idea de que el rock podía convivir con el teatro de gran formato.
Guadalajara tiene una historia particularmente interesante dentro de la ópera rock mexicana. En la figura de José Fors, se desarrolló una tradición tapatía de ópera rock oscura, expresionista y cercana al horror gótico, con obras como Dr. Frankenstein y Orlok, el vampiro, que se volvieron referentes de una ópera rock hecha desde Guadalajara, mezclando rock pesado, actuación teatral y estética cinematográfica.
Todo esto nos trae a que en Guadalajara se sigan produciendo versiones alternativas de clásicos en formatos íntimos y rockeros en foros y espacios más underground o alternativos, una experiencia sin duda, singular y satisfactoria. Ejemplo de ello es la reciente producción de El Fantasma de la Ópera presentada en el Victorian Opera House, de la mano de la productora local Victoria Goth Productions, que se ha ido erigiendo como la opción dentro de este formato dentro de la ciudad.
Hace un par de semanas tuve la oportunidad de acudir a ver precisamente la puesta en escena de esta obra y quedé muy satisfecho de lo presenciado. El Victorian Opera House no es un teatro pomposo ni espectacular en un sentido más ostentoso. Es un foro pequeño, íntimo, casi escondido entre las calles de la ciudad. Pero justamente ahí, en esa cercanía inevitable entre escenario y butacas, ocurrió algo que pocas veces consiguen las grandes producciones: humanidad.
La adaptación local de El Fantasma de la Ópera se presentó sin pretensiones grandilocuentes, pero dentro de su formato pequeño, se denotaba una producción pulida, cuidada al detalle y bastante efectiva, así como una entrega absoluta del talento ahí presente. El reducido formato hacía que cada gesto contara. El público no observaba desde lejos; respiraba junto a los personajes.
Los actores que interpretaron a los personajes lucieron realmente bien en su papel, lo cual habla de un estupendo casting. El Fantasma aportó misterio, humanidad y crueldad. Christine, claro, fue el corazón emocional de la noche, mientras que Raoul aportó su serenidad, romanticismo y energía luminosa que equilibraba la tensión constante impuesta por el Fantasma. El triángulo emocional funcionó entre los tres intérpretes.
El resto del elenco también merece un gran reconocimiento, como las actrices que interpretaron a la Madame o a Carlota, quien lució espectacular en su interpretación vocal y actoral. Los actores secundarios aportaron dinamismo, matices y ayudaron a sostener la atmósfera teatral con movimientos precisos y una evidente complicidad entre ellos. Se notaba el trabajo colectivo. La escenografía tuvo sus momentos de gran realce, como cuando hubo bailarinas con telas o con fuego.
Hubo momentos donde el sonido tuvo algunos fallos inevitables de una producción independiente, pero nada que te haya sacado de la magia de lo que presenciabas, pues se pudieron solucionar rápidamente. El público no estaba ahí para exigir perfección industrial; estaba ahí para compartir una experiencia viva. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Fueron tres horas que se fueron de una forma bastante fluida.
El Fantasma de la Ópera de Victoria Goth Productions nos recordó que el teatro no depende de presupuestos gigantescos ni de escenarios monumentales, sino de personas dispuestas a entregarse por completo frente a otros y de la inventiva y creatividad de todos los involucrados. Esa noche, cada integrante del elenco lo entendió perfectamente.







