Pocos discos mantienen la conversación conforme pasa el tiempo, y no solo a nivel musical, sino también en cuanto a su impacto cultural y hasta ético. Graceland es uno de esos discos que su eco llega hasta nuestros días. Aprovechando los 40 años que ha cumplido el álbum, nos sumergimos en un álbum musicalmente impecable, y con ese impacto del cual se habla fácilmente hasta hoy día.
Publicado el 25 de agosto de 1986, fue al mismo tiempo un triunfo artístico, comercial y político. Revitalizó la carrera de Paul Simon ganando el Grammy al Álbum del Año en 1987 de la mano de éxitos como “You Can Call Me Al”, “The Boy in the Bubble” y “Diamonds on the Soles of Her Shoes”, y vendió varios millones de copias en todo el mundo.
Pero detrás de esa celebración existe una pregunta que sigue siendo hasta incómoda: ¿Graceland fue un extraordinario ejercicio de colaboración intercultural o fue una forma sofisticada de apropiación cultural?
El Precedente
Antes de Graceland, hubo varios álbumes o músicos inscritos dentro de la música occidental comercial que se acercaron a música de otras latitudes (algunos de esos casos igualmente bajo la lupa en cuanto a apropiación cultural, cuestión siempre compleja). Los Beatles con su incursión a la India, o Ginger Baker con el álbum Live que realizó en conjunto con Fela Kuti, y donde el primero practicamente se adaptó a las sonoridades del segundo, en una de las interacciones más fascinantes.
Otros casos interesantes fueron los de Miles Davis introduciendo métricas y conceptos al jazz, o Remain in Light de Talking Heads, donde retoman el afrobeat, así como los incombustibles The Clash introduciendo ritmos como el raggae y el dub a su música de una forma por demás orgánica, dada la migración latente en Gran Bretaña en ese entonces.
Mención aparte merece Peter Gabriel fundando WOMAD (World of Music, Arts and Dance) en 1982 y posteriormente Real World Records, construyendo una plataforma para los músicos de otras partes del mundo, algo que replicó de cierta manera David Byrne con Luaka Bop.
Contexto previo de Graceland
Paul Simon no llegó a 1986 en la cima. Después de la separación de Simon & Garfunkel, Paul había construido una carrera solista muy respetable, pero venido a la baja, sobre todo con su álbum anterior, Hearts and Bones. Al mismo tiempo, el músico estaba atravesando una especie de bloqueo creativo (sumándole a esto su divorcio con la actriz Carrie Fisher).
Entonces escuchó una cinta de música sudafricana que le había proporcionado la música de este país Heidi Berg. Lo que le llamó la atención particularmente fue el mbaqanga y el township jive, música urbana desarrollada en los townships negros de Sudáfrica. Simon se encontraba realmente fascinado al descubrir algo que para él resultaba paradójico: aquellos sonidos africanos le recordaban al rock & roll, al country, al R&B y al folk estadounidenses que habían formado su propia educación musical.
En lugar de intentar reproducir ese sonido con músicos estadounidenses, decidió viajar a Sudáfrica, específicamente a Johannesburgo.
Y aquí comienza el problema: Sudáfrica estaba en pleno apartheid. Músicos blancos y negros no podían actuar en conjunto y el régimen del apartheid estaba sometido a un boicot cultural internacional que buscaba impedir que el gobierno sudafricano pudiera presentar una imagen de normalidad internacional. Al mismo tiempo, presionaba para acabar con el régimen de segregación racial.
El ANC no había autorizado el proyecto y organizaciones antiapartheid acusaron a Simon de romper el boicot. El Comité Especial de la ONU contra el Apartheid llegó a incluirlo entre los artistas que habían violado el boicot.

La grabación y génesis del álbum
Paul Simon se rodeó de músicos negros sudafricanos como Ray Phiri, guitarrista de Stimela, el bajista Bakithi Kumalo, bajista, el baterista Isaac Mtshali, la agrupación Ladysmith Black Mambazo, y otros músicos provenientes de distintas escenas musicales sudafricanas. Las sesiones transcurrían con normalidad, pero conforme pasaba el tiempo se sentía la tensión dado que no podían desplazarse después del anochecer por culpa del apartheid.
Aun con la situación, se habla de que Simon pagó a los músicos sudafricanos aproximadamente tres veces la tarifa sindical estadounidense, según testimonios recogidos con motivo del 40 aniversario, y varios músicos obtuvieron créditos como compositores. Por este lado, parecía que todo iba en orden respecto a la interacción entre todos los músicos.
Un álbum impecable
Musicalmente el álbum es enorme. Al final Simon, bajo su concepción, no estaba solo reproduciendo música africana, sino que fusionó diferentes tradiciones musicales se vuelven parte del mismo universo. En el álbum podemos encontrar pop, folk, rock, country, Tex-Mex, r&b y una gran cantidad de ritmos africanos entre los que se encuentran el mbawanga, township jive, isicathamiya o la musica coral zulú. Todo, con una naturalidad apabullante.
Temas como “You Can Call Me Al”, son reveladores: una canción de estructura pop reconocible, pero donde la guitarra de Ray Phiri, el bajo de Bakithi Kumalo y los patrones rítmicos africanos transforman la canción en algo lleno de autenticidad.
En “Diamonds on the Soles of Her Shoes” ocurre algo todavía más interesante: la música de Ladysmith Black Mambazo, perteneciente a la tradición vocal isicathamiya, no aparece simplemente como un adorno, se convierte en una parte estructural de la canción.
Por un lado, un disco que daba visibilidad internacional a músicos negros sudafricanos había sido grabado rompiendo precisamente el mecanismo internacional que pretendía aislar culturalmente al régimen que los oprimía. Tan solo este aspecto ya nos pone en una encrucijada, y sin entrar a lo estrictamente musical.
Cuestiones políticas aparte, el álbum es perfecto por donde se le vea, así sea que los dos últimos temas sean cuestionables en cuanto a porque entraron dentro del disco, dada su naturaleza musical, algo alejada de los ritmos africanos.
Quitando todo este ruido, Graceland no envejece en absoluto y es tan rico, disfrutable y fascinante como el día en que fue lanzado.

