Punk Rock Holliday 2.6
Cruzando la noche
Ni bien cayó la noche, en Pilsen nos montamos en el Subaru negro Mateo, Bara y yo. Nos dirigimos hacia el sur de Chequia para atravesar la noche y toda Austria de una sola vez. Después de varias horas de sinuosas curvas y al filo de quedarme dormida, comenzó a desplegarse el alba. Estábamos recién cruzando la frontera con Eslovenia, cuando con luz tenue y dorada, se fueron develando ante mis ojos, por primera vez, los impresionantes Balcanes. Admirando con la boca abierta, nos adentramos en las montañas para acercarnos poco a poco hacia Tolmin, el pueblo que albergaría la decimocuarta edición del festival Punk Rock Holiday.
Aclimatación
Llegamos al camper para encontrarnos con Jana, Thomas, Kuba, Martin y Peta, los amigos de Mateo, quienes ya nos esperaban con cervezas bajo el toldo. Nunca esperé aquel desconcertante calor. Los Alpes Julianos adornaban espectacularmente el norte del pueblo. Esa tarde me enteré que el festival solo comenzaría hasta tres días después, así que salimos a comprar víveres y volvimos al campamento para aclimatarnos en las heladas aguas del río Soča, donde nos sentamos por algunas horas. Esa noche nos acercamos a la barra del festival por una promoción de tragos peligrosos y echamos un vistazo a los escenarios que ya estaban en espera de recibir a las primeras bandas.
Río Punk
Al siguiente día se encendieron los compresores y la banda comenzó a inflar los flotadores. Cuando estuvimos todos listos, de nuevo caminamos hacia el río siguiendo la música que provenía de la bocina que cargaba consigo Kuba. Sumergimos las cervezas en la orilla del agua para enfriarlas un poco, y después de un rato, nos trepamos en los flotadores y comenzamos la travesía hacia el escenario de la «playa» que albergaría un show para dar comienzo al pre calentamiento del festival.
Jana se encargó de atarnos para navegar juntos, cual archipiélago de flotadores. Destapábamos cervezas, bebíamos limonada mezclada con jagger, y gin tonics enlatados. Mientras tanto, tripeaba con los flotadores de las formas menos esperadas: langostas, camellos, castores, islotes enormes donde cabía una familia entera, rebanadas de pizza, entre otros, todos siendo jineteados por punks de extravagantes looks. Algunos forjando cigarrillos en aquella comodidad, otros ejecutaban peligrosos clavados, perdían zapatos en el cauce o amenazaban con pistolas de agua a los «archipiélagos» vecinos.
Tristemente, el recorrido terminó y tuvimos que bajarnos para ver el primer show, aunque debo decir que ya habíamos seteado el mood y pudimos disfrutar con buena actitud a la banda que tocaba en el momento.
Tolminator
Creo que fue el lunes. Después de madrugar para ir al pueblo a hacer lavandería, volví al campamento para encontrarme con Bara y Mateo. Después de un desayuno potente, caminamos al punto de encuentro donde nos recogió una van para llevarnos a la cima de Kobala, la zona de despegue para hacer un vuelo en parapente. Tuvimos unos minutos para lidiar con la emoción y el nerviosismo mientras ascendíamos entre afilados giros de volante. Estando arriba, se extendieron por el suelo las campanas y los hilos. Nos prepararon con lo necesario y de pronto sólo teníamos que correr hacia el abismo. Y eso hicimos.
Suavemente, la brisa termal nos elevó, era más el miedo que lo que en realidad se sentía durante el vuelo. El piloto tenía un aparato de sonido inquietante, que aceleraba un pitido cada que arreciaban los vientos, pero dejaba de sonar cuando se estabilizaba. En esos momentos silenciosos sentía que caeríamos al precipicio como el coyote en sus múltiples desventuras con el correcaminos, pero no, todo sucedió a pedir de boca. Sobrevolamos el valle de Tolmin con ligereza. Era una ventana sorprendente, nunca imaginé que lograría arrojarme, pero al parecer este viaje se trató de atravesar miedos.
Lentamente nos acercamos al festival y volamos por encima del campamento, fácilmente distinguí nuestra casa y en ese momento el piloto me preguntó si me gustaría hacer algo arriesgado o simplemente seguir con el vuelo tranquilo. Obviamente, le pedí más emoción y me dió al menos tres vueltas que se sentían como un cambio de velocidad que primero te jalaba hacia atrás y después sentías una breve caída libre con giro horizontal. No pude evitar gritar. Al parecer, nuestros amigos lo escucharon, porque recibí silbidos de tierra firme en respuesta. Aterrizamos con bien en un terreno muy cerca del festival.
The Meffs
Despertamos a guitarrazos que parecían provenir de un amplificador miniatura. Una casa rodante con placas de Alemania se había estacionado a nuestro lado. Después sonó una tuba y más tarde se armó un mini drum set. Lo colocaron en el techo de la camioneta y comenzaron a cantar con mucha euforia un repertorio popular y hasta unas polkas. Un tipo subió al techo y se dejó caer en un grupo de quizá ocho personas, que lo cargaron un par de metros en el camping. No había mucho espacio.
Después del show privado, nos fuimos al escenario de la playa donde nos dimos el show de la banda que más disfruté en todo el festival: The Meffs, un dúo británico formado por Lily en la guitarra y voz y Lewis en la batería. Con unos riffs potentes, la gente se enganchó enseguida. La energía estaba seteada y se armó el moshpit de inmediato. En algún momento, Lily se puso en el centro de la gente y con su dedo índice dibujó un círculo en el cielo y en una cuenta regresiva soltaron la descarga del Britpunk. La gente enloqueció y la licuadora humana levantó el polvo. Había mucha euforia.
El stage diving de este festival es una cosa sumamente especial. La gente es ultra cuidadosa, así que vi pasar desde niños (lo cual estaba prohibido por el festival) adolescentes, chicas y hasta punks vestidos de hadas. Burbujas y humo flotaban por encima de la multitud. Los escenarios no tienen vallas, no hay nada que separe al artista del público, así que si estabas dispuesto, podías simplemente trepar por los subwoofers, bailar un momento y después aventarte hacia el público que estaba dispuesto a recibirte con los brazos arriba. Era un espectáculo en sí mismo, muchísimas personas lo practicaron una o varias veces.
Al final de cada show parecía un ritual, todo mundo subía al escenario: cantaban y bailaban la última canción como si no hubiera mañana. Yo solo me preguntaba una cosa: ¿Lograremos algún día hacer un stage diving en México seguro para mujeres y niños? … No lo creo.
Eclipsada
Ya habían pasado cuatro días desde que estábamos en el festival. Tenía una sensación sumamente abrumadora desde hacía un par de días, ya que estuve sosteniendo una conversación bastante intensa conmigo misma:
¿Qué te pasa? ¿No era esto lo que querías? ¡Esto es salir de la rutina! ¡Esto conlleva conocer nuevos lugares, aprender nuevos idiomas y conocer nuevas personas! Obtuviste lo que pediste: un poco de inspiración, una aventura loca. ¡Sé intrépida! ¡Debes sentirte agradecida!
Pues, al parecer, no era una situación tan simple.
Aprendí algunos recursos 3 meses antes de mi viaje para entender un poco el checo, pero no me imaginaba la complejidad de la sintaxis. Claro que podía pasarme el viaje completo tratando de descifrar los contextos de las pláticas de mis nuevos compañeros, pero tales conversaciones se volvieron solo un ruido de fondo después de algunos días. Aunque estaba rodeada de personalidades encantadoras y generosas que hacían esfuerzos por comunicarse conmigo, comencé a sentirme aislada y con unas tremendas ganas de tomar mi mochila y huir en tren hacia Italia.
Era miércoles, apenas el segundo día oficial del festival, salimos con toda la cuadrilla a comer en el pueblo. Subimos las calles empinadas bajo el calor sofocante, tomamos una mesa y yo tuve que apurarme al baño antes de que las lágrimas corrieran por mis mejillas. Me encerré y me vi en el espejo. Rara vez lloro, pero tenía los ojos desbordados y la nariz roja me delataba. Respiré profundo, me sequé los ojos y me puse mis lentes de sol. Apretando el corazón y mordiéndome los labios volví a la mesa.
Entonces Kuba, quien estaba sentado a mi lado me preguntó:
¿Do you miss México?
No supe si había notado mi nerviosismo o simplemente se me notaba a leguas lo que quería esconder. Le respondí que no, en absoluto, que estaba disfrutando muchísimo del viaje, lo cual era también totalmente verdad. Después de interactuar un poco más con él, logré relajarme. Terminé mi ensalada y con ella intenté también tragarme la ansiedad.
Más tarde subimos de nuevo al Kobala, con nuestros lentes para ver eclipses y una manta para sentarnos en aquellas alturas. Entonces comenzó el espectáculo: ese clima raro que se siente de ver ocultarse el sol tras la luna, esa luz extraña y esa energía celeste potente. Terminó el eclipse ocultándose entre dos montañas, y por alguna razón, me sentí aliviada.
NOFX
Caminamos al cine que quedaba a unos 100 metros del restaurante en el pueblo. Thomas pasó los códigos QR de todos nuestros tickets y entramos a ver el documental “40 years of fucking up”. Parece que este documental sólo está disponible para algunas salas alrededor del mundo. Nos mostró la historia de la banda, los excesos, enfermedades, las fijaciones, y por supuesto, las batallas ganadas y perdidas. La ruptura de NOFX parecía inevitable y a la vez, quizá innecesaria. Fue un filme sumamente divertido y me pareció una buena idea para sazonar con una actividad diferente el festival.
Lo volvería a hacer
Quisiera terminar esta crónica contando detalles sobre el festival, por que quizá me clavé en compartirles mi propia experiencia.
Si bien PRH no es mucho mi corte musical, el festival resultó ser un espacio desafiante, de contrastes y en donde también sentí mucho amor en algún momento. El pueblo de Tolmin, de paredes claras y con su arquitectura rural, marcaba una antítesis con gente punk caminando por sus calles con estoperoles y mohicanas gigantes coloridas. Gente proveniente de Austria, Italia, Alemania y por supuesto, Chequia. Sorprendentemente, vi a muchos brasileños.
El festival está diseñado para cinco mil personas y cuenta con el escenario principal, el escenario de la playa (un poco más pequeño) y un pequeñito escenario acústico donde podías cantar tus propias canciones si te registrabas con tiempo. Además, había un edificio de after party donde podías encontrar Djs y ahí mismo, una sala donde un cuarteto tocaba versiones cortas de happy punk y cualquiera podía subirse a cantarlas.
Alguna tarde hicimos una caminata en el cerro de Kozlov Rob para contemplar el cambio de luces hacia la noche desde el Castillo de Tolmin. También tuve que perder el pudor en la ducha punk, donde la fila de regaderas mixtas al aire libre y de agua fría me obligaba a cerrar los ojos y enjabonarme de la manera más rápida y sin anestesia.
El libre tránsito para salir y entrar al área de camping me pareció el factor ganador de este festival, ya que te permitía comprar víveres en las tiendas locales, comer o beber fuera del festival y además explorar el pueblo a tu gusto. Me pareció el gesto más coherente por parte de la organización.
Es un festival sumamente limpio, y esto creo que se debe en parte a la organización, que te provee a la entrada con bolsas grandes para basura y además te retienen un depósito que será devuelto cuando entregues tu basura o tus vasos festivaleros. Pero sin duda, la gente mantiene la limpieza al margen, la mayoría guarda las colillas de cigarros en bolsas pequeñas que provee el festival, no ves basura en el río ni en los escenarios a pesar de que se hace tremendo desmadre, así que hay mucho que aprender en la práctica festivalera.
¡Chingón por Punk Rock Holiday! ¡Na zdraví! Y muchas gracias a Mateo por invitarme a compartir esta locura :))









