*Fotografías por cortesía de Luis O’Hara.
El sábado 5 de septiembre tuve la oportunidad de ver en vivo a Diles que no me maten. No sé si mucha de la audiencia los hayan visto por primera vez, pero para mí ese día será el primero de muchos conciertos con ellos. Su sonido en vivo no es idéntico a sus discos. La extensión de cada rola hacen de sus conciertos una experiencia imperdible, genuina y siempre nueva. Por eso digo, ignoro cuándo hayan visto los demás por primera vez a esta banda. Pero seguramente no querrán perdérsela nunca más, como es mi parecer ahora.
El recinto es un clásico tapatío. El LARVA. Años han pasado desde su inauguración y sin embargo algo emana de esta locación que me pareció no sólo adecuado sino necesario para esta presentación. Las Bandas abridoras fueron Clothing con su guitarra implacable y sus letras retadoras, e Ivania, proyectos que lamentablemente una de esas lluvias que colapsan la ciudad, no nos permitió a mi ni al buen Luis O’Hara -el fotógrafo- llegar a tiempo para escuchar completo su set y en plenitud.
Comienzan con una pieza súper lenta (como el resto de sus rolas) pero con un carácter de originalidad trágica. Van construyendo una historia de bajos y aletargamientos que pueden ser producto del aburrimiento o de la más sincera observación del cotidiano mexicano.
Luces que se van mostrando frugalmente conforme va avanzando la noche y su sentimiento. Unas frases que los definen al unísono de unos samples básicos pero contundentes. Un grito que emerge de la multitud sin tapujos ni decoro. La fiesta va comenzando. Una greña güera del vocal, el gran teclado con su gorra y sus lentes. Un proyecto que conjunta inteligencia con estilos superpuestos. Con instantes de rabia encapsulada. Que no sabemos si termina o comienza. Es mucho pensar.
El público es notablemente maduro. Somos hijos de la noche y de la edad. Engendros de la buena música y el arte profundo. A donde voltee encuentro caras conocidas pero ya con el paso de los años arrugando sus ojos y oscureciendo sus semblantes. Pero con una sonrisa lacrimógena como resultado del tremendo show que experimentamos.
Bajo constante que nos va dirigiendo por el camino de la nostalgia enigmática. La caricia sonora de una banda que se nutre de muchos lados pero que no se construye de una sola manera. Esa rola que construyen con una flauta y termina con un sax que nos gusta hasta el alma y duele para toda la vida.
Su música desarrolla un discurso de drama que se va ampliando hacia una fiesta de locura y exploración. Es como una caminata en las sombras aprendiendo el sonido nocturno y sus secretos. Un sonido aquí, otro allá y la fuerza de de un sax que te va aterrizando en un presente asombroso, que no sabía que yo habitaba.
La fiesta termina con el alargamiento agónico de las notas y una trepidante sentimiento que va forjando el recuerdo para siempre. El público aplaude embelesado. Alguien dice otra, otra. Pero en silencio comenzamos el retiro.
La luces nos van redefiniendo el semblante. Quedamos huérfanos de nuevo a la existencia sin sonido. Después de este show nada suena igual.













