Detrás de la máscara, el traje y esa puesta en escena, Jonathan Bree lleva años explorando la soledad, el deseo, la vulnerabilidad y las relaciones humanas.
Desde sus primeros trabajos en solitario, ha ido construyendo un lenguaje reconocible a partir de la combinación de melodías pop atrayentes, con arreglos orquestales, detalles electrónicos, una voz grave y una sensibilidad que parece atrapada entre el romanticismo clásico y la cultura pop. Sus discos han ido ampliando ese universo hasta convertirlo en una especie de teatro musical de un personaje incógnito y oscuro.
Don’t Call It Love, su sexto álbum de estudio es un disco doble de diecisiete canciones que se sumergen de lleno en la sexualidad, el deseo y sus zonas más ambiguas. Bree convierte esos impulsos en una película nocturna, decadente y ligeramente perturbadora.
La oscuridad y sensualidad que proyecta su sonido se vuelve casi cinematográfico, como si fuese una mezcla de un thriller, al mismo tiempo que un cabaret decadente. La influencia del álbum se alimenta del pop oscuro y melancólico de los ochenta, pero Bree lo lleva a su particular gusto por lo orquestal y teatral.
Hay varios momentos destacables dentro del plato. Si la inicial «Dissapear» ya marca algo del tono del álbum, «Chameleon» eleva la temperatura con su sensualidad y esos susurros tan volátiles, para que a continuación temas como «Game», «Cloak and Dagger», «Confidant» o «Honey» jueguen dentro de un terreno de atmósferas por momentos más tensas.
«Live To Dance», junto con Princess Chelsea, es uno de los momentos que condensan todo el espíritu del álbum y uno de los picos dentro del mismo. Tan extraña como atrayente. «Savour My Love» es otro tema que logra captar esas mismas sensaciones, aunque llevada a terrenos más minimalistas.
Ambos temas por otro lado, nos llevan a remarcar la importancia de las colaboraciones dentro del álbum con la presencia de distintas mujeres en ese universo creativo, tanto con las citadas menciones, como las que aportaron gente como Bambi o Adah Dylan. El proyecto, además, se ha concebido alrededor de colaboraciones con mujeres provenientes no solamente de la música sino también del cine, la fotografía y la danza. Esto amplía considerablemente el concepto de Jonathan Bree como artista.
Bree nunca ha sido únicamente un músico. Su obra depende de la imagen, del vestuario, de la coreografía y de la construcción de personajes. La música parece escrita para existir dentro de un ambiente.
Para algunas personas puede resultar un disco largo, sobre todo de un artista de sus características y naturaleza. Si bien la fórmula resulta reconocible mediante el uso de sintetizadores oscuros, bajos insistentes, voz grave, melodía melancólica y una atmósfera cinematográfica, el artista logra salir avante con la suficiente pericia y talento para que el disco no se sienta que avance hacia ningún lado, al lograr profundizar en todo momento en su propio sonido. Jonathan Bree ha construido un universo reconocible y continúa descubriendo nuevas habitaciones dentro de él, seduciendo al escucha lentamente.

