40 años de Llegando Los Monos

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Bandas buenas, malas bandas, bandas importantes, bandas referentes, otras truncas, bandas artificiales. En el crisol de quienes hemos tomado al rock como un factor identitario existen infinidad de piezas que arman el rompecabezas total de nuestra vida. Y existen, tal vez en las orillas, esas bandas que son imposibles, que la lógica nos indica que nunca debieron suceder; esas agrupaciones que solo se entienden como una cadena absurda de situaciones azarosas, que se formaron a pesar de todo, que sucedieron en continua combustión y que un día, ya formando parte de nuestras familias, se fueron. Tal vez no sean las tres o cuatro primeras que mencionas, pero son las que existen como algo diferente a un conjunto de músicos o profesionales tratando de hacer dinero, son ante todo una pandilla, un grupo de entidades que imaginas igual en el escenario que siendo evitados por señoras perfumadas de la avenida principal. Un puñado de personas que explican al otro y que no se explican sin el otro. Unos forajidos.

Llegando Los Monos

Cuando uno habla de Llegando Los Monos no puede evitar una mezcla de asombro y nostalgia.  Este disco, publicado en 1986, es uno de esos momentos en los que todo cambia de lugar, en que el eje conductor de la realidad musical se mueve un grado y las preguntas comienzan a sucederse, una detrás de otra. No solo porque suena distinto, sino porque se atreve a sonar distinto sin explicarse, como si de una forma natural solo decidió cumplir con su destino.

SUMO ya venía insinuando algo serio con Divididos Por La Felicidad e incluso antes, con Corpiños, pero acá ocurre el verdadero quiebre. Llegando Los Monos es el punto exacto donde la banda deja de ser una anomalía fascinante del under, unos bichos raros, y se convierte en una entidad completa, peligrosa, imposible de encasillar. Punk, reggae, funk, dub, rock crudo, experimentación y humor negro conviven sin jerarquías. Nada parece una variable independiente o algo decorativo. Todo empuja, junto.

Gran parte del magnetismo, claro, pasa por el misticismo de la figura del cantante, pero reducir este disco a su mito es perderse el quid del impacto. Si, el pelado era el catalizador, el centro emocional, la voz que no pedía traducción. Venía de otro mundo y eso se notaba en cómo cantaba, cómo escribía, cómo se paraba frente al micrófono, como si no hubiera un plan B, era esto o era nada. Pero esta banda, igual que las buenas pandillas, se forman entre todos.

Sumo

El guitarrista principal de Divididos, todavía lejos de la leyenda en la que se convertiría después, ya estaba construyendo un lenguaje propio. Su forma de tocar en este disco no busca lucimiento, busca tensión. Riffs secos, sucios, casi violentos cuando hace falta, y minimalistas cuando el tema lo pide, entendiendo que el espacio también es música. Golpea y se va. En canciones como «El Ojo blindado» o «Los Viejos Vinagres», la guitarra es un nervio expuesto que hace palpitar y avanzar al sonido.

El futuro fundador de Las Pelotas, por su parte, aporta la otra mitad del ataque guitarrero. Su rol es menos evidente pero igual de crucial. Donde el uno corta el dos sostiene. Donde uno empuja, el otro estabiliza. Ese equilibrio será, más tarde, la semilla de dos bandas fundamentales del rock argentino.

Y si el disco camina como camina, es porque el bajista está ahí, sosteniéndolo todo. El bajo en Llegando Los Monos es protagonista, tiene groove, tiene peso, tiene una conciencia rítmica que conecta el punk con el reggae y el funk sin que nada se sienta forzado. Escucharlo en «No Good», «Que Me Pisen» o «Rollando» es entender por qué Sumo podía moverse entre géneros sin desarmarse y sin sentirse como turistas tomando fotos.

Llegando Los Monos

La batería completa ese andamiaje sin exhibiciones musculares o juegos de luces, pero siempre estando en el lugar justo, sin virtuosismo innecesario. Hay precisión, empuje, intuición. En un disco tan nervioso, tan lleno de cambios de clima, eso es fundamental. El centro nervioso que sostiene los ataques emocionales de un acto construido sobre ellos.

Y después está el presentador de televisión que carga un sax, que en este disco termina de romper cualquier expectativa. Su aportación no embellece tanto sino que incomoda, mete ruido donde el rock argentino todavía no estaba acostumbrado. SUMO introduce el saxo en el punk, en el funk, en el caos, y lo hace sonar natural. No jazzero, no elegante. Animal. Su presencia termina de sellar la identidad como una banda que no aceptaba fronteras de buen gusto, porque el buen gusto lo que había hecho era llevarnos hasta un lugar donde se necesitaba un quiebre.

Todo eso se siente desde el arranque. «Llegando Los Monos», con sus silbidos y atmósferas raras. Una advertencia de que algo feral se está gestando y no viene a caer simpático. De ahí «El Ojo Blindado» entra como un puñetazo, rápida, tensa, con la banda funcionando como una sola entidad nerviosa. «Estallando Desde El Océano» expande el panorama. La música se vuelve más abierta, más inquietante, y Luca canta como si estuviera narrando un sueño extraño que no termina de explicarse. «TV Caliente» y «Nextweek» juegan con las palabras, las expectativas, el ritmo, con el humor, con esa sensación de estar siempre un paso adelante de quien escucha. Cinco magníficos es SUMO probándose a sí mismo. Un experimento ruidoso que reafirma que el disco no quiere ser todo lo que ya existe a su alrededor.

«Los Viejos Vinagres» es el golpe maestro. Funk, groove, crítica social sin solemnidad. Una canción que parece divertida hasta que te das cuenta de que está señalando a medio mundo mientras estemos. Juventud. «No Good» y «Heroína» bajan la luz. Especialmente «Heroína», que es imposible escuchar sin pensar en cómo todo estaba a punto de terminarse, sin épica y sin redención. Divino. «Que Me Pisen» cierra con esa mezcla de desafío y resignación que atraviesa todo el disco. Y el regreso al tema inicial completa el círculo. Nada se resuelve del todo, como en la vida real y sin embargo queda la sensación de que alguien abrió un poquito la ventana para dejarnos ver algo por una vez, un tesoro.

Llegando Los Monos no fue un antes y un después porque a pesar de demostrar que una banda podía ser radical sin ser elitista, experimental sin ser inaccesible, política sin bajar línea; la guerra se perdió en otros campos de batalla donde los números y los peinados copiados a The Cure pesaron más que el arte. Aún así, para quienes lo hemos escuchado, sabemos la verdad.

El elogio más bonito que se me ocurre, no por poético ni por romántico, sino por raro es que SUMO es una de esas insólitas bandas en las que nadie sobra y nadie falta. Prodan no se explica sin Daffunchio, que no se explica sin Troglio, que a su vez está significado por Arnedo, quien forma parte de Pettinato y que su vez esclarece a Mollo, que siempre está acompañado por el fantasma de alguien que sigue viviendo. Una banda de ladrones de banco. Una pieza sin la que nuestro rompecabezas del corazón estaría incompleto. Muy.