20 años de Apologies To The Queen Mary

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La opinión popular es que el disco definitivo del indie de los dosmiles vino de Montreal, como una primera entrega de un conjunto de multi instrumentistas jóvenes que influenciarían las ambiciones, texturas y alcances de múltiples bandas por venir, en un cada vez más caótico e interconectado mercado. La opinión impopular, y a la vez absolutamente correcta, es que ese disco le pertenece a Wolf Parade.

Wolf Parade: Apologies to the Queen Mary Album Review | Pitchfork

En 2005, una banda canadiense relativamente desconocida lanzó un álbum que no sólo pasaría desapercibido en las listas de ventas, sino que también redefiniría, desde las sombras, el rumbo del indie rock en los años siguientes. Apologies To The Queen Mary no fue un éxito comercial inmediato, sin embargo, como ocurre con las obras destinadas a perdurar, el tiempo lo convirtió en culto. Producido por Isaac Brock, líder de Modest Mouse recién desembarcado del exitazo mercadotécnico de Good News for People Who Love Bad News, y editado bajo el mítico sello Sub Pop, el disco es un caos meticulosamente orquestado: guitarras distorsionadas, baterías desbocadas, voces que se desgarran entre gritos y lamentos, y letras que oscilan entre lo espectral, lo íntimo y lo existencial. Hay espíritus, muerte, duelo, escapismo y una reflexión latente sobre la ansiedad moderna. Pero nada de eso le impide ser melódico, adictivo y simultáneamente accesible.

Spencer Krug, una de las dos fuerzas creativas al frente del grupo, lo resumió con una frase tan críptica como reveladora: «La mayoría de estas canciones tratan sobre algo, pero algunas tratan de más cosas que otras». Y es exactamente eso: canciones que no siempre tienen una narrativa lineal, pero sí una densidad emocional innegable, que tratan de muchas o pocas cosas, tantas como oídos las interpreten.

Wolf Parade

Wolf Parade era, en ese momento, una banda joven, inquieta y vibrante, compuesta por músicos cuyo talento ya se insinuaba en otros proyectos, pero que aquí lograron una sinergia conmovedora. Sonaban frescos y contundentes, con una cohesión rara para un debut. El grupo no imitaba tendencias ni buscaba fórmulas; sus composiciones escapaban al molde del post-punk o el garage rock de moda, y miraban más hacia el pasado: a los grandes del rock oscuro, a los narradores emocionales y sonoros de generaciones anteriores. Cada canción es una cápsula autónoma: no se repiten, no se reciclan. Son neotradicionalistas en esencia, como si rearmaran el árbol genealógico del rock con una estética propia. La crudeza de la ejecución, las guitarras rasposas, las voces forzadas, las baterías que casi se quiebran, contrastan con una verdad más escondida: debajo de todo eso hay melodías pop perfectas, cuidadas al detalle.

La fundación y la brillantez del disco descansa en la tensión creativa entre Krug y Boeckner, dos compositores con estilos radicalmente distintos, que sin embargo logran aquí un equilibrio mercurial. Krug se lanza al delirio existencial en «Dinner Bells», «Sons & Daughters» y «Grounds For Divorce» como un alienígena herido en un planeta desconocido, mientras Boeckner canaliza una energía más terrenal y directa en «Shine A Light», «Modern World» e «It’s A Curse». Decir que uno es el soñador y el otro el ancla sería simplificar demasiado. Lo que sucede en este disco es más complejo, sus visiones se entrelazan sin eclipsarse, potenciándose en lugar de competir. Ambos brillarían por separado en sus carreras con otras agrupaciones creadas a sus particulares gustos, pero jamás con la fuerza y claridad que logran juntos en este momento irrepetible.

Wolf Parade

Este es un álbum que transforma el trauma familiar, los conflictos sentimentales y las crisis espirituales en una experiencia colectiva, universal. Una catarsis, cruda y ruidosa, pero también profundamente sensible. Un trabajo que, dos décadas después sigue inspirando artistas desadaptados, sigue resonando en nuevos oyentes y sigue demostrando que cuando el indie rock también aspira a ser arte mayor se puede producir un momento de lucidez intergeneracional, una explosión emocional que no debe buscar repetirse sino simplemente ser escuchada.

Esto no porque Wolf Parade no pudiera volver a intentarlo, sino porque este disco nació de una confluencia única: cuatro músicos totalmente formados aprendiendo a ser una banda, con el productor adecuado, las ideas adecuadas y la incapacidad de comprender los límites que el modelo imponía. Jamás sonarían tan abiertos, tan viscerales y tan trascendentales.