ESTRENANDO LA ALARMA
Fue el 2 de Enero de este año. Abrí los ojos en Ciudad de México cerca de las 7 de la mañana. El día lucía bastante claro y soleado. Estaba en la parte baja de la litera, arriba estaba Nath, volteé a mi izquierda y vi a Ana despierta también. Meneamos la mano para darnos los buenos días. Cerré los ojos y quedé de nuevo profundamente dormida.
De pronto en mis sueños, un estruendo que me confundía. No distinguí el significado, el sonido era muy fuerte, chirreante, y con muchas capas que provenían de diferentes lugares. Mi alma buscaba volver al cuerpo, entonces, después de un forcejeo, caí en mi, y mi cuerpo cayó a su vez de la cama. Desperté en el suelo. Un celular, otro celular y por fuera también sonaba ¡era la alarma sísmica! Se me disparó el corazón.
Tomé el celular e intenté apagar el sonido. Entonces me di cuenta, había que bajar 6 pisos para ponernos a «salvo». Me puse las botas a medio talón y en medio de la confusión les dije a Nathalia y Ana que habíamos de salir. Estábamos en el sexto y último piso de un edificio en la Nápoles. Tomé sólo mi celular y comencé a bajar las escaleras con las piernas aguadas del susto. Quinto, cuarto piso, y comencé a sentir el movimiento de marea que nos empujaba en zig zag entre las paredes y el barandal. Se iba uniendo gente vestida en pijama en cada planta que recorríamos.
La luz eléctrica iba y volvía con cada movimiento del edificio. Otros dos pisos ¿cuándo iba a terminar de descender por aquella espiral? Salimos en una puerta equivocada y volvimos como hormigas confusas a las oscuras escaleras. Bajamos otros dos pisos. Nos vimos lentas, pero por fin salimos. Ya había pasado el movimiento. La gente reposaba en la calles, en medio de un silencio desconcertante. Los miré, con sus mascotas, sus carpetas, sus mochilas de emergencia y el nerviosismo indiscreto. Después de unos minutos volvimos al departamento sin saber bien si era un buen momento para hacerlo.
HABITANDO EL CENTRO DEL CAOS
Habíamos viajado para tocar en el festival de invierno en el Zócalo, junto con La Barranca y Los Amantes de Lola. Así que después de tremendo susto y un cafecito para asentar, nos alistamos y bajamos con nuestro equipo y vestuarios en mano. La van nos esperaba afuera. Parecía que el temblor no había afectado tanto la ciudad, pero sí nuestro sosiego, tuvimos que recuperarnos de cualquier modo para ir a hacer la prueba de audio.
Llegamos a la plancha, con toda la jiribilla del centro capitalino. Extrañamente, fue una mañana preciosa. ¿El terremoto me había sacudido las ganas de vivir? ¿o era la emoción máxima te tocar en este lugar tan especial? Observé con calma a mi alrededor: El humo de copal, el grito de los comerciantes, los danzantes emplumados, lo oculto bajo los suelos…
Al entrar detrás del escenario nos encontramos brevemente con Los Barrancos, quienes estaban terminando su prueba, nos saludamos y preguntamos qué tal sonaba el equipo de audio, José Manuel hizo una mueca sutil y entendimos todo. Nos deseamos suerte y continuamos hacia nuestro camerino. Balbi, nuestro manager ya nos esperaba con su icónico nudo en la barba blanca. Nos dimos un apretado abrazo cariñoso y nos dispusimos a preparar la prueba de sonido.

BENDICIÓN ANCESTRAL
Dejamos todo listo, transcurrió la tarde, y se llegó la hora, subimos a la tarima. De frente veíamos el palacio Nacional y del lado izquierdo el templo mayor y la catedral. Sentía la intensidad del perímetro. Ya había personas dispuestas a escucharnos, así que me coloqué la guitarra, volteé a ver a mis compañeras y comenzamos el repertorio que incluía temas en su mayoría de nuestro nuevo álbum Lútea.
El sol iba cayendo lento, pintando con luz dorada la ciudad de los palacios. Estábamos a medias de nuestro set cuando terminamos de tocar «Cuarzo» con el furor habitual, y de pronto, una persona en medio del público y pegado a la valla hasta adelante, levantó el brazo con el puño cerrado, alzó la voz con tanta enjundia y pronunció unas palabras que no distinguimos pero desciframos como una bendición ancestral. Nos sorprendió, pareció haberle gustado en demasía la letra de nuestra canción. Le agradecimos y en un abrir y cerrar de ojos desapareció. Todas lo vimos, no estoy loca. Fue un suceso místico. Lo comentamos después del show como algo inusual y también todas lo perdimos de vista enseguida. Fuimos bendecidas por un efímero ser del centro de la gran ciudad. Al terminar nuestro set, el sol se había puesto y el ejército inició la ceremonia de arriamiento de la bandera con solemnidad para reubicarnos en la realidad después de aquel glitch.

NOS GUSTAN LOS RITUALES
La luna poderosísima, enorme y llena salió por un costado de la catedral, iluminando y elevando los ánimos con sutileza. Comenzó el ritual de La Barranca. Se abrió un abismo sonoro en el zócalo, me detuve al filo del precipicio, y al admirar la belleza y la profundidad, abrí mis oídos y me dejé caer sin miedo.
A partir de breves y espontáneos encuentros he desarrollado un vínculo particular con Aguilera. Una de esas veces fue en un Festival Hipnosis. En la oscuridad vi pasar su inconfundible silueta entre la multitud. Bastó estirar mi mano para tocar su torso y podernos saludar. Me dijo que había perdido a Chacón, el guitarrista de La Barranca, en una ida a la barra y estaba buscándolo. Me invitó a acompañarlo, lo cual me vino bien, ya que había ido sola al festival. Nos quedamos comentando las bandas por varias horas, entre risas, whiskey y cerveza. La gente que lo encontraba lo llamaba de «maestro», inclinaban la cabeza y le daban la mano a tremenda figura del rock mexicano. Me pareció super valiosa la curiosidad de Aguilera que lejos de quedarse en casa, salió al desmadre como un mortal a disfrutar de la música viva, sin pretensiones. Lo perdí casi al final del festival mientras tocaba Air.
Volvamos al 2 de Enero. La Barranca para mi ha sido siempre esto, el cautivante deseo de desprenderse, flotar entre poesía, misticismo y sensualidad. Fue una noche sumamente especial, miles de personas cantando «Ser un Destello», «Zafiro», «Quémate Lento» o «Día Negro». Todo siendo parte de un ritual que resonará por la eternidad. Y si de rituales se trata, hubo que continuar con el vuelo. Terminando el show mandamos los instrumentos al depa y nos fuimos caminando a una cantina del mismo centro histórico.
Fue una noche de pláticas interesantes sobre la mesa, de tirar desmadre y desplazarnos junto con la luna por las calles ya semi vacías del defe. Después de un buen after, por poco nos agarra el alba en Coyoacán. Tomamos nuestras precauciones para volver a la Nápoles antes de que saliera el sol, suficientemente temprano para dormir un rato antes de volver a Guanatos con el corazón hinchado, por que aquel día, junto con su noche, habitamos con ardor el centro del caos, el fugaz momento, que por más que lo saboreas se disuelve y se consume, como el vino en nuestras copas y la música en nuestras manos, pero del mismo modo deja el éxtasis y la belleza de los encuentros marcado profundamente en la memoria, como las ruinas de esta ciudad.


